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Año y medio

Hemos cumplido el año y medio de guerra en Sinaloa. El miedo no desaparece, pero se convirtió en un eco que nos acompaña cada vez que...

Analista y columnista Línea Directa.
Juan Ordorica. | Analista y columnista Línea Directa.

Hemos cumplido el año y medio de guerra en Sinaloa. El miedo no desaparece, pero se convirtió en un eco que nos acompaña cada vez que salimos a la calle. Hemos aprendido a convertirlo en una más de nuestras emisiones permanentes; una especie de ruido de fondo que, si bien ya no nos paraliza como en los primeros días, nos mantiene en una inercia peligrosa. Aprendimos, dolorosamente, a medio vivir en medio de la muerte. La mayoría abrazamos la fatalidad como parte cotidiana del escenario en nuestras ciudades; un paisaje donde el asfalto y la sangre parecen haberse fundido en una sola geografía.

18 meses han pasado desde que el cielo de Culiacán se tiñó de incertidumbre, y lo que en un principio fue una crisis aguda, hoy es una enfermedad crónica. La parálisis inicial dio paso a una resignación que asusta. No es paz; es una tregua interna que cada sinaloense ha firmado consigo mismo para no volverse loco. Es la victoria de la costumbre sobre el asombro.

En este escenario de abandono, el sentimiento de orfandad es absoluto. Los sinaloenses nos sentimos solos, y no es una percepción gratuita. Mientras las calles de la capital siguen siendo el tablero de ajedrez de grupos en pugna, la Federación parece haber encontrado en la indolencia su mejor estrategia. Para el Gobierno Central, Sinaloa es un expediente que se resuelve enviando aviones cargados de soldados que, al llegar, se limitan a ser espectadores de lujo. La estrategia nacional se ha estancado en una métrica estéril: solo les importa contar muertos, exhibir detenidos de dudosa relevancia y presumir “refuerzos” que no patrullan donde se les necesita.

Para sostener este desinterés, la federación ha echado mano de una alquimia estadística que insulta la inteligencia del culichi. Nos presentan números fabricados a medida para hacer ver que la violencia ha bajado, utilizando el truco más viejo del manual burocrático: tomar el mes más sangriento y violento de la crisis como punto de comparación para medir su “éxito”. Con una mano en la cintura, nos dicen que los homicidios han disminuido un 44 % si se comparan con el pico máximo de la guerra.

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Sin embargo, la realidad de la calle no se mide con promedios amañados. Si hacemos el ejercicio honesto de contrastar las cifras actuales con el mes de agosto previo al inicio del conflicto, la máscara se cae: el incremento de la violencia es del 145%. La Federación nos vende una “mejoría” que solo existe en sus gráficas, mientras en la vida real hemos retrocedido décadas en seguridad. Para ellos somos una cifra que se ajusta para el boletín; para nosotros, es la vida que se nos escapa entre las manos.

Ante este vacío federal, el peso del rescate ha recaído, con sus limitaciones, en los esfuerzos locales. El gobierno estatal y el municipal han tenido que salir a dar la cara por una economía que se desangra. Han sido los programas locales y los estímulos al pequeño comercio los que han intentado ponerle un torniquete a la herida financiera. Es la administración local la que intenta convencer al empresario de no bajar la cortina, mientras desde la capital del país solo llega el silencio o el envío de tropas que llegan, saludan y se acuartelan.

Pero el dinero no lo es todo. La verdadera métrica del daño está en nuestra vida social. Culiacán, la ciudad que nunca dormía, hoy se apaga temprano. La vida nocturna, motor anímico de nuestra capital, no ha logrado recuperarse. Los restaurantes lucen vacíos después de las nueve y las calles, una vez que el sol se oculta, se vuelven territorio de la zozobra. Medio vivimos de día, pero de noche nos escondemos. El “auto-toque de queda” se ha convertido en nuestra ley más sagrada.

A modo de conclusión, lo más que puede ofrecer el Estado Mexicano hoy es una supuesta “estabilización” que, en la práctica, no resuelve absolutamente nada. Hablar de estabilidad cuando el suelo sigue goteando sangre es la confesión más cruda de las limitaciones de nuestro gobierno. No se puede presumir que la violencia “ya no crece” cuando el nivel en el que se estancó es, de por sí, intolerable. Estabilizar los muertos no puede ser la estrategia. Aceptar una cuota fija de sangre como triunfo político es renunciar a la esencia misma del Estado: proteger la vida. Mientras nos pidan celebrar que hoy no morimos más que ayer, Sinaloa seguirá siendo el recordatorio de un México que se conforma con administrar su propia tragedia.

¿Usted qué opina, amable lector? ¿Está de tranquilo con la estabilidad?

Fuente: Internet

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Juan Ordorica

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