¡Anímate Chuy!

Hace días, en la Ciudad de Culiacán, aparecieron mantas alusivas a la contienda política que se avecina, para la cual falta mucho tiempo. En una clara violación al estado de derecho, los políticos empiezan a sobarse las manos. Nosotros seremos simples expectores de un circo burdo y muy barato.

Rezos y plegarias como un adagio se confundieron con el calor del día y el caos que iniciaba. Me descubrí, huyendo entre los autos, entre las calles repletas de cobardes, que al igual que yo, se alejaban de la hecatombe que medios de comunicación, minutos antes, habían anunciado. Primero dijeron que saboteadores, después que narcotraficantes y por último terroristas habían colocado algo que parecía una bomba en pleno centro de la ciudad. Entre la confusión, algún vivaz había dicho que no era una simple bomba, sino un artefacto de destrucción masiva. Otro más locuaz sugirió un arma biológica.

La guerra se olía a pocos metros a la redonda. Vecinos de Estados Unidos, a fin de cuentas, cualquier día podías amanecer con el cuerpo ensangrentado por un misil de algún país de Medio Oriente o con un virus incontrolable subiéndote por las piernas como un engendro.

Me resistí a seguir huyendo, detuve la marcha y me dirigí al lugar donde el primer testigo, que fue interrogado por los medios de comunicación, había indicado el punto neurálgico del día. El mismo que dio aviso a las autoridades. En su narración dijo que vio temblar las antenas de la ciudad y que al pasar por la catedral de San José, los pájaros que se acurrucaban en lo alto, entre el badajo de la campana, surcaron los cielos con el espanto en el pico. Al parecer el murmullo sobre “algo” catastrófico se trepó hasta la cumbre cuando vio el artefacto en el centro de la ciudad.

—Si un ave sube el miedo a sus alas al más mínimo chasquido, hay que preocuparse de bien morir. Regla no escrita— había dicho frente a los micrófonos, con una soltura que parecía un actor de banqueta y no una posible víctima.

El pulso se me aceleró y entendí que la amenaza era real, cuando en el sitio donde fue encontrado el artefacto, inició la repartición de máscaras antigases y trajes especiales contra virus y bacterias, entre los cientos de “especialistas” que surcaban con cinta amarilla el lugar. Me sentí, de pronto, en una de esas  películas que priorizan el Armagedón como una consiga del fin del mundo; con un guion escrito como un arma letal: destrucción y purulencia cósmica.

No es Nueva York, pensé; es nuestra ciudad con sus tantos miles de habitantes y que está a punto de desaparecer porque a alguien se le ocurrió dejar en el atestado centro de la ciudad algo de gangrena. Porque el terrorismo es la faena que sorteamos por herencia ¿o el narcotráfico? ¿El jinete amarillo del Apocalipsis detendrá su marcha esta tarde, en esta calle, en este barrio, al lado de esta catedral que solo vomita pájaros con miedo? ¿Dios puso oídos sordos a la boca y lengua sabia que transforma el miedo en fe?

Del murmullo eclosionó la algarabía y cimbró la tarde. En un par de horas habían logrado controlar la situación que amenazaba con extenderse no solo a la ciudad, sino a todo el estado (dijeron quienes suelen revolver el agua y que no son pescadores y que si obtienen ganancias).

—Fue detectado y desactivado el artefacto que irradia un cáncer maligno, una pus irrisoria— habría dicho un alto mando de los agentes “espaciales” que atendían el caos frente a los reporteros y trasmisiones en vivo por Facebook Live.

Fue identificado y mostrado a los curiosos que nos habíamos vestidos de valientes ese día. Era lo temible, la razón de que la ciudad estuviera en un oscuro pasaje, en un túnel sin salida. Pero ahí estaba, en las manos del especialista en desactivar bombas, que luego cedió al determinista biológico que detenía la hecatombe. Lograron desactivarlo, cortar el cable rojo de la desdicha. Pero ¿qué era aquello que nos animaba al temor, aquel dolor de huesos que nos amenazaba como un ladón dentro de nuestra casa, como un cáncer silencioso?

¡Anímate Chuy! es hora de transformar Sinaloa, decía el artefacto en forma de manta anónima, que fue encontrado en pleno centro de esta convulsa ciudad.

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