Hay realidades que cuando se dicen duelen, pero duelen más cuando se callan.
Hoy en Sinaloa, como en otros estados lastimados por la violencia, estamos frente a una verdad que nos sacude: los que están al frente de la narco-guerra son muchachos que van de los 16 a los 24 años y muchos ya no están. Muchos murieron antes de comenzar a vivir y otros están a punto de perderse para siempre.
Esto ya no es percepción. Es la cruda realidad.
La Fiscalía del Estado confirma que en lo que va de este año, más de medio centenar de menores de edad han sido asesinados en Sinaloa. Cada uno tiene nombre y tenían familia y sueños pendientes.
Duele pensarlo: varios de ellos eran parte activa en grupos violentos. Otros, víctimas inocentes. Pero todos, menores.
Y aquí es donde, como sociedad y como familias, tenemos que detenernos. Porque el crimen está reclutando más rápido de lo que el hogar está formando.
¿Qué busca un joven cuando decide cruzar esa línea?
¿Poder? ¿Visibilidad? ¿Dinero fácil? ¿Sentido de pertenencia?
¿O simplemente alguien que le diga: “Tú vales, tú puedes”?
No podemos normalizar lo que vemos a diario.
Funerales que duelen, y en algunos casos duelen doble, porque corren lágrimas de madres en los dos lados: la que llora al hijo muerto y la que llora al hijo que lo mató.
Y aquí va lo más duro, pero también lo que no podemos negar: En la familia está el origen y también la solución.
Si tienes en casa hijos adolescentes, míralos de frente y escúchalos. Pregúntales qué sienten, qué sueñan. Estrecha la comunicación, aunque a ellos les incomode y a ti te cueste. Acompáñalos, porque la ausencia siempre la llena alguien.
Y si los padres no estamos, alguien más llegará con ofertas que cuestan la vida.
No basta con dar techo y comida
Hay que dar presencia, valores, propósito. Hay que enseñarles que el respeto se gana trabajando, no intimidando; que el orgullo no está en cargar un arma, sino en construir una vida.
Sí, el gobierno tiene su parte: seguridad, educación, espacios deportivos y culturales, oportunidades reales. Pero la primera trinchera, la que puede salvar vidas antes de que sea tarde, está en casa.
Papás: ¿estamos ahí para ellos, o los estamos dejando solos en un mundo que no perdona?