OPINIÓN

La caída del Canelo

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Lo dije al término del combate el sábado y lo reitero: el boxeo profesional recuperó un poco de credibilidad con la derrota del mexicano Saúl Álvarez ante el ruso Dmitry Bilov. Tampoco quiero decir que me alegra ese revés del “Canelo”, pero necesitábamos una prueba fehaciente de que no todas sus peleas tenían que terminar con la duda de si fue legal.

Álvarez fue superado ampliamente, aunque los jueces –los que más han provocado que muchos dejemos de creer en la honestidad de este deporte- concedieron unas puntuaciones no tan convincentes que sustentaran lo que en realidad sucedió arriba del cuadrilátero esa noche en Las Vegas. Las tarjetas idénticas de 115-113 así lo explican.

Desgraciadamente muchos de sus combates anteriores, antes y después de su desarrollo estuvieron bajo la sospecha de arreglos y corruptelas de mucho tipo. Aquellos resultados dividieron a una afición en la que muchos no estaban muy convencidos de que los triunfos eran genuinos, sin mano negra. Amén de las famosas cláusulas que con letras mayúsculas quedaban plasmadas en los contratos.

Esa misma afición, lejos de reconocerle sus logros, se encargó de cuestionar sus peleas y sobre todo sus triunfos. Por esa razón se acrecentó la animadversión contra el “Canelo”. Después de cada combate surgían las comparaciones y la duda de si en realidad debía ser considerado el número uno del mundo y en la historia de nuestro país. Allí siempre imperó el nombre y la figura de Julio César Chávez padre.

A consecuencia de tantas sospechas, sus detractores ya solo se sentaban frente a un televisor no para mirar una buena pelea, sino para ver quién era el guapo que no se “prestara” a sus intereses y que fuera capaz de ponerle un estate quieto.

Álvarez fue muy temerario al enfrentar a un boxeador de mayor estatura, pero sobre todo de más tonelaje. Si bien es cierto ya lo había hecho frente al ruso Kovalov, la verdad es que esa victoria por nocaut también tuvo el sello de la sospecha, principalmente cuando en una repetición se nota claramente que el golpe que lo “derribó” nunca lo alcanzó en la cabeza.

CONCLUSIONES. Por allí alguien comentó, y estoy de acuerdo con eso, algunos puntos relevantes que derrumbaron los sueños del mexicano y que lo hizo poner los pies sobre la tierra. Destacan, entre otros, que subir de peso le restaba movimientos y facultades; que le apostó a golpes de poder y se olvidó de boxearlo. También que el ruso lo estudió en los primeros asaltos y más tarde lo manejó a su antojo.

Hay quienes creen, entre ellos un servidor, que Dmitry pudo haberlo noqueado, pero que terminó sintiendo algo de respeto por este hombre que de alguna manera lo ha catapultado.

Bivol se presentó con un perfil bajo, pero con la posibilidad de pelearle al tú por tú a Saúl. No era lo suficientemente conocido, con todo y su etiqueta de campeón mundial e imbatible. Pero el simple hecho de estar en el camino del mexicano, todos lo dábamos como una víctima más. Las malditas dudas de la legalidad no nos hacía pensar otra cosa.

Y mientras que Bivol no se cansó de señalar que esta era la oportunidad que esperó durante mucho tiempo, me sorprendió que Álvarez dijera a los cuatro vientos que él sentía haber ganado la pelea. Allí me quedó claro que su orgullo y la soberbia eran los argumentos válidos que no le permitían contar con el reconocimiento generalizado de los mexicanos.

Dicen que habrá revancha y ojalá que el contrato de nuevo aparezca sin las famosas cláusulas.