OPINIÓN

Esto no es una nueva normalidad

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Toco a la puerta de la habitación y dejo el plato de comida o las medicinas en el piso para que mi hijo abra y los recoja cuando ya me he retirado. Duermo en el sofá de la sala para que mi esposa se mantenga aislada en nuestra habitación protegida de riesgos de contagios, tras la delicada operación que tuvo en su cabeza. Así vivimos en familia el COVID-19, esta avasalladora enfermedad que finalmente llegó a casa, a pesar de todos los cuidados y hasta exageraciones preventivas que tomamos para evitarla.

            Esta separación obligada de la familia que estamos viviendo ahora en nuestro hogar, es lo mismo que han vivido y siguen viviendo miles y miles de familias mexicanas en los dos últimos años y más aún durante este último repunte de la variante Ómicron. También, es la misma separación que comenzará a vivir nuevamente la familia Obrador Gutiérrez con el nuevo contagio de coronavirus del presidente Andrés Manuel López Obrador anunciado este lunes.

            Lo que un día tuvimos a mal llamar la «nueva normalidad» que nos animó a salir del hastío y salir también de casa, ya no puede serlo más, porque no es normal que este fin de semana pasado se hayan roto todos los récords de contagios en México y en Sinaloa en lo que va de los casi dos años de pandemia; nadie puede decir ahora que lo que estamos viviendo hoy en día es normal y que debemos de acostumbrarnos a vivir (a morir) con ello.

            Quienes estamos conviviendo con el COVID-19 no podemos ser indiferentes ante el nuevo contagio del presidente de la República (ni tampoco de nadie más), porque una de las cosas buenas que tiene lo malo de las enfermedades, es que nos sensibiliza, nos hace ser empáticos y comprensivos de lo que están sufriendo esas personas y sus familiares, tanto el enfermo con su dolor como los familiares con su vida diaria trastocada en el hogar.

            Deseo sinceramente (así como se lo deseo a mi hijo contagiado y le pido a Dios) una pronta recuperación al presidente López Obrador, y abrevando del vasto conocimiento popular de nuestro refranero mexicano, espero que se cumpla esa sabia sentencia del refrán que dice «No hay mal que por bien no venga», ahora que AMLO está nuevamente enfermo.

            ¿Qué bien podemos esperar de que el presidente tenga de nuevo COVID? El mayor bien que puede darse es que el presidente de la República se sensibilice por dolor propio y tome por fin en serio la enfermedad del coronavirus; que entienda que esto no se soluciona con estampitas religiosas, con no robar, no mentir y no traicionar, con Vaporub, ni con decálogos ideológicos de decir no al consumismo, al clasismo, al egoísmo y sólo ser optimistas para evitar los contagios.

            No. Esto se soluciona con medidas preventivas y con vacunas a toda la población; es un problema de salud pública, no de populismos.

            Así como el presidente ha enseñado con su ejemplo a no usar cubrebocas, a ignorar los riesgos de contagios, a abrazarnos y creer que no pasa nada, ahora que de nuevo está enfermo es ocasión para que los miles y miles de seguidores fieles que lo imitan comprendan que en verdad sí es importante usar cubrebocas, que no debemos ignorar los riesgos de contagios, y que en realidad sí pasa algo si no nos cuidamos, si no nos vacunamos.

            Es momento de abrir los ojos y dejar de creer mentiras oficiales, como esa de que «La fuerza del presidente es moral, no es una fuerza de contagio», que dijera el doctor Hugo López-Gatell cuando exageraba hasta la ignominia sobre la salud del presidente al inicio de la pandemia. Hoy vemos que no.

            Mentiras más, como que la pandemia iba a durar sólo un mes y que no llegaríamos a 60 mil muertes porque eso sería un escenario catastrófico, impensable para la autoridad; que la curva de la pandemia ya se aplanó; que México es ejemplo mundial en el manejo de la enfermedad; y la más grave de todas, que no es necesario vacunar a los menores de 15 años porque a ellos no les da COVID, cuando a diciembre pasado ya habían muerto poco más de mil niños en el país.

            Esto no puede ser una nueva normalidad, porque no debe ser normal que estemos muriendo y creyendo que estamos muy bien. No es normal que sigamos creyendo en mentiras que matan.

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