COMUNICADORES

Acoso sociodigital contra periodistas y comunicadores

Juan Carlos Pacheco Rosas.Juan Carlos Pacheco Rosas
Escrito en OPINIÓN el

El acoso en redes sociodigitales contra de periodistas y comunicadores es una realidad. Se trata de un fenómeno en actual expansión a nivel global y representa uno de los grandes riesgos en contra de la libertad de expresión.

La asociación Reporteros Sin Fronteras, con sede en París, ha constatado la existencia de usuarios denominados “depredadores periodísticos”, quienes operan mediante ejércitos de trolls enfocados a derribar y acosar a todo aquel que se dedique a la investigación de la verdad.

¿Y cuál es el papel que juegan los corporativos de medios digitales? En 2018, Facebook declaró al portal Business Insiderque su principal objetivo para la regulación de este tipo de violencia, es la prevención de daños a través de la creación de una comunidad más segura. 

Objetivo que dista mucho de sus resultados, recientemente revelados a la BBC News por una de sus exempleadas, Frances Haugen, quien asegura que el corporativo se esfuerza poco o nada por lograrlo al ponderar el crecimiento económico por encima de la seguridad comunitaria.

Datos de la Encuesta de la Federación Internacional de Periodistas señalan que, para ese mismo año, dos de cada tres mujeres periodistas padecían algún tipo de abuso cibernético, 38 por ciento admitía recurrir a la autocensura y 62 por ciento aseguraba padecer efectos secundarios psicológicos como ansiedad y estrés.

Casos como el de la periodista Megyn Kelly, de Fox News, saltan a la luz cuando, en 2016, el entonces candidato a presidente de Estados Unidos, Donald Trump, la llamara “loca”, “(mujer) promedio” y “enferma” en sus tuits, incitando a boicotear su programa y generándole incomodidad con sus jefes quienes se encontraba apoyando dicha campaña.

La situación no es diferente en México. La asociación de Comunicación e Información de la Mujer (CIMAC) documentó, durante el mandato de Peña Nieto, acciones de doxing contra comunicadoras, un tipo de acoso que consiste en revelar datos privados sin su consentimiento para amedrentar; fotografías de sus hijos saliendo del colegio, campañas de desprestigio de tipo sexual o allanamiento de morada, fueron algunas de estas.

Por su parte, el colectivo feminista Luchadoras MX reveló que, de enero a mayo de 2021, ocurrieron 112 agresiones contra periodistas mexicanas; 45 por ciento sucedieron durante el periodo electoral y 39 por ciento fueron en línea, incluso ejecutadas por los propios usuarios. 

Un caso reciente es el de la periodista de espectáculos, Patricia Chapoy, a quien un seguidor de Twitter amenazó con darle un “puñetazo” en la cara toda vez que la tuviese de frente, tan solo por haber criticado a una de sus actrices y cantantes favoritas en cadena nacional.

O los comentarios del pasado viernes en contra de la conductora y periodista de El Heraldo, Adela Micha, a quien un usuario de Facebook escribió que era como un “trapeador” limpiando la imagen de otros, y otro más que se refirió a su trabajo como “(excremento) que sale de su cabeza”.

También les sucede a los hombres. En febrero de 2020, una usuaria le escribió “lamehuevos” al comunicador John Ackerman en su cuenta de Facebook, luego de los señalamientos hechos en su contra por supuesto enriquecimiento ilícito; y expresiones similares para personajes como Brozo, Carlos Loret de Mola, Aguilar Camín y otros tantos identificados, quizás, como adversarios de la cuarta transformación.

Hace apenas unos días, el diario nacional La Jornada publicaba las declaraciones de Alejandro Encinas de la Secretaría de Gobernación, reconociendo que poco más de un 45 por ciento de las agresiones contra periodistas en México se ejecutan por autoridades gubernamentales.

Uno de los más comentados durante este año es la denuncia del periodista y documentalista Témoris Grécko en contra de Notimex, por una campaña de desprestigio profesional en su contra a través de redes sociodigitales, consecuencia de las críticas que hizo de esta oficina informativa gubernamental en su columna internacional.

El caso llama la atención, además, por ser el propio Grécko uno de los actuales escritores en defensa de los derechos de libertad de expresión, integridad y seguridad del ejercicio periodístico en el país; documentados en su más reciente libro No se mata la verdad: el peligro de ser periodista en México.

Para autoprocurar su seguridad, Reuters lanzó cuatro recomendaciones: documentar de toda evidencia del abuso/ataque, bloquear o silenciar a los seguidores violentos, reportar el abuso a las plataformas correspondientes, así como buscar ayuda de las propias plataformas en donde esto sucede, en este caso, las redes sociodigitales. Pero, como medidas, siguen siendo insuficientes.

¿Cuántos periodistas y comunicadores que no figuran en el foco nacional o internacional pueden ser víctimas de este tipo de agresiones en una región, una localidad, una comunidad; y no se puede nombrar su caso para discutir sobre el tema? 

Urge la regulación en contra de este acoso digital para procurar los derechos e integridad de quienes practican la actividad periodística. Eso sí: regulaciones que no sean autoritarias como sucede en Asia y Medio Oriente; alejadas de ambigüedades como las del Marco Europeo; o bien, que no se presten a riesgos de discrecionalidad para controlar Internet como sucede con las iniciativas presentadas en México hasta el momento.

Como usuarios, se puede iniciar con eso que tanta molestia e inconformidad les ha causado: la autorregulación de la violencia lingü��stica y la implementación de un lenguaje adecuado hacia quienes se dedican a la información, pero sin recurrir a “3sto”, “e$to” ni “esT0” para engañar al algoritmo.

Algunos defienden este tipo de violencia como su derecho de libertad de expresión, de queja, de exigir la verdad; pero, recordar que toda expresión que incite a la violencia o discriminación física, emocional, racial, de preferencia sexual o de género, está sujeta a limitaciones de la misma según el marco regulatorio de los tratados internacionales en ese sentido.

Después de todo, no es lo mismo señalarle en redes la falta de ética y objetividad en su trabajo periodístico, a decirles vendido o “chayotero” de manera peyorativa. Es decir, es lo mismo pero no lo es.//