Tapachula, Chiapas.- Bajo el sol del sureste mexicano y con la esperanza como estandarte, más de 300 migrantes de distintas nacionalidades iniciaron este miércoles una nueva caravana rumbo a la Ciudad de México.
El movimiento, bautizado como Éxodo de la Justicia, busca visibilizar la situación de miles de personas que permanecen varadas en la frontera sur sin acceso a trámites migratorios ni garantías básicas.
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La marcha partió desde el parque Bicentenario de Tapachula, encabezada por familias de Cuba, Haití, Venezuela, Colombia, Perú, Centroamérica y África. Entre mantas que claman “Migrar no es un crimen” y banderas mexicanas ondeando al viento, los participantes avanzan por la carretera Costera con destino a la capital del país, donde esperan ser atendidos por autoridades del Instituto Nacional de Migración (INM) y la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR).
El primer punto de descanso será el poblado Álvaro Obregón, a unos 12 kilómetros de Tapachula. La caravana es acompañada por elementos de la Guardia Nacional, policías estatales, Protección Civil y brigadas médicas, en un operativo que busca garantizar seguridad y atención básica durante el trayecto.
“Llevamos meses esperando una cita, sin trabajo, sin escuela para los niños. Esta caravana es nuestra forma de decir ‘aquí estamos’”, expresó Mariela, migrante venezolana que viaja con sus dos hijos pequeños.
La movilización también exige la liberación del activista Luis García Villagrán, detenido el martes por agentes federales acusado de tráfico de personas y delincuencia organizada. García Villagrán ha sido una figura clave en la defensa de los derechos migrantes en la región.
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Antes de partir, el sacerdote y defensor de derechos humanos Heyman Vázquez Medina ofreció una oración por el camino, pidiendo protección para quienes “huyen de la violencia, el hambre y la indiferencia”.
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Tapachula se ha convertido en un punto de concentración migrante, con miles de personas esperando trámites que se retrasan por falta de personal y saturación de oficinas. Las caravanas, aunque polémicas, se han vuelto una estrategia de presión y visibilidad ante la falta de respuestas institucionales.