Bélgica. Bélgica arrancó la semana en medio de una fuerte crisis social luego de que los principales sindicatos convocaran a una huelga de tres días en rechazo a las reformas del sistema de pensiones y los recortes presupuestarios impulsados por el Gobierno federal. Desde las primeras horas del lunes, Bruselas sufrió el mayor impacto: el metro, los tranvías y los autobuses dejaron de operar, dejando a miles de personas sin opciones de transporte y prácticamente inmovilizando a la capital.
La movilización sindical surge tras el anuncio de un acuerdo presupuestario que proyecta recortar 9.200 millones de euros hacia 2029. El paquete de ajustes contempla modificaciones al sistema de pensiones, medidas que, aseguran los sindicatos, representan un retroceso en la protección social de trabajadores y jubilados. La inconformidad acumulada detonó la huelga, que ya se perfila como una de las más amplias de los últimos años.
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Aunque Bruselas concentró la mayor parte de las afectaciones, el resto del país también enfrentó complicaciones. En Valonia, los paros en el transporte fueron significativos, mientras que en Flandes entre 50% y 60% de los autobuses de la empresa De Lijn dejaron de circular. A ello se sumaron más de 450 kilómetros de embotellamientos en las principales carreteras, agravando el caos matutino.
El conflicto continuará creciendo durante la semana. El martes, los paros alcanzarán hospitales, escuelas y dependencias gubernamentales. Para el miércoles 26 se prevé una huelga nacional interprofesional que amenaza con detener prácticamente todas las actividades, incluida la suspensión de vuelos en los aeropuertos de Bruselas y Charleroi.
¿Cuál será el impacto de estas movilizaciones en la estabilidad política y social de Bélgica?
Las próximas negociaciones entre sindicatos y autoridades marcarán el rumbo del país. Si no se revisan las reformas o no se detienen los recortes, Bélgica podría enfrentar semanas —o incluso meses— de mayor tensión social, inestabilidad económica y nuevas jornadas de paro generalizado.