Bahréin.- Unos 15 mil bahreiníes han vuelto a tomar la plaza Lulu de Manama, símbolo de
las protestas que comenzaron el pasado día 14 para exigir reformas políticas,
tras la retirada del Ejército que llevaba tres días desplegado en la capital del
país.
Al grito de “el pueblo quiere la caída del régimen” y “pacíficamente,
pacíficamente”, los manifestantes entraron en la céntrica plaza de Lulu (perla
en árabe), de donde habían sido desalojados por la fuerza la madrugada del día
17, tras dos días en que estuvieron acampados en la plaza.
Algunos manifestantes, que portaban banderas de Bahréin, han
instalado tiendas de campaña mientras insistían en su intención de quedarse
hasta que sus exigencias de reformas democráticas y mejoras de las condiciones
de vida sean satisfechas.
El regreso se ha producido poco después de que el Ejército, que se desplegó
el pasado día 17 en la céntrica plaza y en varios puntos de la capital,
regresara a los cuarteles.
Los participantes en la protesta recuperaron la plaza después de algunos
enfrentamientos con la policía, que se retiró tras varios intentos de dispersar
a los manifestantes con gases lacrimógenos.
Poco antes, el mando general de las Fuerzas Armadas de Bahréin había ordenado
a los efectivos y unidades militares que se habían desplegado el pasado día 17
en respuesta a las protestas populares, que regresaran a los cuarteles.
“Las unidades militares a las que se les encargó la protección de las zonas
vitales del centro de la capital han completado su misión con éxito en la
conservación de la seguridad y el orden públicos y la paz de los ciudadanos y
los residentes”, aseguró un portavoz del Ejército en un mensaje difundido por la
televisión estatal.
La nota, titulada “comunicado número dos”, agregaba que “se ha emitido la
orden de que regresen a sus cuarteles y estén preparadas para cualquier otra
misión”.
El Ejército se desplegó el pasado jueves por las calles de Manama, después de
que la policía antidisturbios desalojara de la plaza Lulu a varios miles de
manifestantes que llevan dos días acampados.
Estos nuevos acontecimientos coinciden con una nueva llamada al dialogo
realizado por el príncipe heredero de Bahréin, jeque Salman bin Hamad al Jalifa.
En un mensaje a la nación, Bin Hamad al Jalifa aseguró que ha empezado una
nueva etapa para el país para tratar todos los asuntos con sinceridad.
“Ciudadanos de Bahréin, ahora comienza una nueva etapa para discutir todos
nuestros asuntos con sinceridad y tranquilidad. Deseo hacer llegar el mensaje de
que en este momento se requiere de tranquilidad”, dijo el heredero que insistió
en la necesidad de que “todas las partes propongan sus opiniones y asuntos de
manera responsable y productiva”.
“Hoy los asuntos comenzaron a volver a su normalidad, y reitero nuevamente
que debemos preservar la seguridad y la estabilidad por temor a la discordia
sectaria y al retroceso de la situación”, agregó el heredero al trono de este
país.
Bin Hamad al Jalilfa instó también a la cohesión y a la colaboración y a
mantener “el contacto con todas las fuerzas políticas del país”.
Desde que comenzaron las protestas, el pasado 14 de febrero, al calor de los
levantamientos populares de Túnez y Egipto, al menos siete personas han muerto.
Por su parte, el dirigente del principal grupo de la oposición bahreiní Jalil
al Marzuq dijo que su grupo valoraba la retirada de los militares, pero subrayó
que deseaba “garantías de que no se va a atacar a los manifestantes y de que se
va a propiciar una atmósfera adecuada”.
Este dirigente del Wifaq, que cuenta con 18 de los 80 escaños del Parlamento,
insistió en que su grupo dialogará cuando se haya garantizado el cumplimiento de
estos puntos.
En este sentido, indicó que “toda la oposición, no solo el Wifaq, respalda el
diálogo y lo ha pedido desde hace 10 años, pero ha sido el Gobierno quien lo ha
rechazado”.
Las protestas cuentan con una participación sin precedentes en el país, de
mayoría chií pero gobernado por una minoría suní, y formado por un archipiélago
de islas con una superficie de tan solo 727 kilómetros cuadrados, en el que
viven poco más de un millón de personas, la mitad de ellos extranjeros.