Bogotá.- José Alfredo López, un joven artista
quien vivió los horrores de la guerra y el desplazamiento, con amigos y
familiares que dejó en el cementerio, compañeros de infancia reclutados y
convertidos en comandantes paramilitares, hoy regresa a su pueblo con
su pincel para apostarle a la paz desde su trinchera: el arte.
Joselo es de San Carlos, en el nor-occidente de Colombia, uno de los
municipios más azotados por la guerrilla, paramilitares y hasta por
agentes del Estado, que lo convirtieron desde la década de los años 90 y
hasta 2008 en un pueblo fantasma, porque la mayoría de sus 25 mil
habitantes huyó al fuego cruzado y las minas antipersonales sembrados en
los campos. San Carlos es considerado patrimonio hidrológico de
Colombia, con seis grandes ríos, siete cuencas y tres embalses que
generan 30 por ciento de la energía del sistema eléctrico nacional.
Este fue el escenario donde nació y creció Joselo, como le dicen en su
pueblo, el lugar donde convirtió el arte en arma fundamental para luchar
contra el reclutamiento forzado de niños y jóvenes por parte de las
guerrillas y los derechistas grupos paramilitares. Pero también
convirtió la pintura, teatro y la música en herramientas para protestar
por el abandono del Estado, contra la tergiversación de la realidad del
pueblo por parte de los medios de comunicación y contra el estigma de
los organismos de seguridad. Por liderar ese movimiento cultural,
el artista -de estatura media- estuvo a punto de perder la vida porque
cada bando lo consideraba aliado del enemigo: los paramilitares lo
acusaron de auxiliar a los insurgentes, quienes a su vez lo acusaban de
ser miembro de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Joselo,
en conversación con Notimex, recordó que un día cualquiera del año 2000
estaba pintando en una calle de las afueras del pueblo, cuando fue
amenazado por un amigo de infancia, reclutado por los paramilitares,
quien lo acusó de trabajar con la insurgencia. ?Fue muy triste
ver que un amigo de infancia me saca un arma y me la pone en la cabeza
en medio de insultos y amenazas de muerte. En ese instante empecé a
sentir unos pitos en los oídos y pensaba que me iba a morir en ese
momento?, recordó Joselo, mientras se frotaba las manos. El amigo
de infancia, quien usaba lentes oscuros, lo miró y con el cañón de la
pistola en la frente le dijo: ?Joselo, ¿sabe rezar?? y Joselo cuando
escuchó la frase, entró en shock y no sabía que decir. ?Uno no se
pone a rezar, eso es mentira que uno se ponga a decir: ?Padre nuestro
que estás en los cielos? (…) Que va, uno queda en shock. Solo recuerdo
que me pitaban los oídos y sentía que la cabeza me iba a estallar?,
relató. El paramilitar bajó la pistola y Joselo siguió su camino,
pero con temblor en todo el cuerpo y a punto de desmayarse de miedo, de
pánico, de horror ante la presencia de la muerte representada en la
figura de un amigo de infancia. Ese día los paramilitares
asesinaron a un joven en el hospital del pueblo, quizá porque también lo
relacionaron con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC)
o el Ejército de Liberación Nacional (ELN). Joselo siguió con su
trabajo cultural visitando los caseríos en las zonas rurales, pero
durmiendo con la ropa y los zapatos puestos, listo para saltar de la
cama y escapar por la parte trasera de la casa, en caso que llegaran los
paramilitares o la guerrilla para matarlo. Dos años después de
la amenaza de su amigo de infancia, Joselo por sugerencia de su madre
dejó el pueblo y se sumó a la ola de desplazados que ha dejado la guerra
en este país andino, una cifra estimada en más de seis millones 700 mil
personas. Salió con los instrumentos artísticos para seguir con
su arte en Medellín y Girardota, pero siempre añorando el regreso a San
Carlos y con la tristeza de ver desde lejos que los hombres de la guerra
seguían reclutando niños y jóvenes. Después de dos años (
2002-2004) de vivir en carne propia las miserias del desplazamiento en
Medellín y Girardota, Joselo regresó a San Carlos convencido de que con
su pincel, el tambor, el teatro y la guitarra podría ayudar a construir
imaginarios escenarios de paz. Hoy Joselo es un militante en las
filas de la resistencia ciudadana contra la guerra y por la
reconstrucción del tejido social de San Carlos, por la reconciliación y
el perdón. Para Joselo, el arte era el ?mejor pretexto para sacar
a los chicos de esta guerra? y él como artista reconocido en el pueblo,
era un referente para los niños y jóvenes. Un día de agosto de
2004, cuando el pueblo hace las Fiestas del Agua, Joselo decidió dar el
paso del retorno con sus pinceles y acuarelas en la maleta y lleno de
sueños y esperanzas que le cruzaban por la cabeza. ?Recuerdo que
cuando estaba llegando a San Carlos me temblaba todo el cuerpo. Quería
ver a mis hermanos, a mi mamá, recorrer el pueblo, las calles, ver a mis
amigos, visitar el cementerio, tantos compañeros que perdieron la vida
en este conflicto que no es nuestro?, dijo. Y la sorpresa que se
llevó el artista del pueblo, fue el recibimiento de los niños y jóvenes
que salieron en zancos y vestidos de colores, para agradecerle por sus
enseñanzas en distintas manifestaciones artísticas. ?Ese día me
di cuenta que era un referente para los niños y decidí retomar mi
trabajo cultural, pero antes tenía que asegurar que los ilegales no me
fueran a matar?, señaló. Joselo, un día después de retornar al
pueblo, buscó a dos amigos de la infancia que fueron reclutados por los
paramilitares, quienes para 2008 ya eran comandantes del grupo ilegal en
la zona. ?A los dos comandantes paramilitares yo les enseñe
teatro en el pueblo. Les dije que era mentira que fuera colaborador de
la guerrilla, que yo solo hacia acciones de paz. Uno de ellos me dijo
que mi caso estaba en investigación?, reseñó. Entre el miedo de
morir y la esperanza de poder seguir en el pueblo con su trabajo
cultural, pidió a los dos paramilitares: ?Por favor, al menos por
nuestra amistad en la infancia, crean que no soy colaborador de la
guerrilla y dejen que pueda hacer acciones de paz?. Joselo no
recibió respuesta de los paramilitares y salió del campamento con sus
miedos y esperanzas, pero decidido a trabajar con su grupo de teatro La
Gotera, y desde ahí poner su granito de arena en la reconstrucción del
tejido social. Con el grupo La Gotera empezó a reconstruir la
memoria que se había perdido, porque todos los días eran los mismos:
Tomas guerrilleras, contra tomas de los paramilitares, masacres,
reclutamiento forzado y desplazamiento. ?Cuando regresé me tocó
hacer memoria de fechas que no tenía presente y de episodios que no
quería recordar?, subrayó el artista plástico, convencido de que el
retorno a sus tierras es el mejor sueño hecho realidad de los
desplazados. Joselo empezó a ?hacer catarsis con el arte, contar
historias como las madres esperando a sus hijos que se fueron a la
guerra, de hermanos que estaban en bandos contrarios?. Poco a
poco Joselo y sus amigos del trabajo cultural, que crecieron entre
balas, bombas y masacres, pero que no perdieron sus esperanzas e
imaginarios de paz, convirtieron el arte en herramienta de
reconstrucción del tejido social de San Carlos.TJ
Joselo con su pincel retó a la muerte y apostó a la paz en Colombia
Para Joselo, el arte era el ?mejor pretexto para sacar a los chicos de esta guerra? y él como artista reconocido en el pueblo, era un referente para los niños y jóvenes
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