Una cerveza y el calor

Él abrió la boca. El mundo ardía y un estresante calor subía por sus comisuras. Las orillas del universo se encanecieron y los termómetros se hicieron pequeños. Una jauría ladró al señor sol, porque la canícula asomada los dientes desde el poniente para quedarse instaurada en la memoria de todos. él tomó el micrófono y dejó que el aire acondicionado de la sala le refrescara la frente. El mismo día que a las 6 de la mañana usted se levantaba de su cama con sudor en la frente. El mismo que a las 6 de la tarde el calor se le quedó a vivir en el cuello, en las vértebras y en la espalda, también un ardor en los brazos tostados.

Él se acomoda de nuevo y afuera México acompasa su ritmo al sonido de la desgracia, del calor que lo ahoga; se colapsa como antiguo árbol que las termitas consumieron por dentro, fresco pero muerto, verde pero seco. Y mientras los presentes esperan su discurso, allá al raso del sol agentes federales gritan en la calle la injusticia de verse desfavorecidos, de ser sometidos al designio del poder; incluso, una manifestación de hombres y mujeres, vestidos y enarbolados de colores piden igualdad mientras toman las calles bajo el alcalino sol que les quemaba la piel, también a quienes se ven en el embotellamiento. En la frontera, una turba de migrantes lucha por derrumbar la cerca de metal que hacer el sur más ancho, más grande, más monstruo, mientras el hambre les corroe las vísceras y la policía, con el llanto en los ojos y garrote en mano, hace valer la ley, la de la petición ajena; y justo hoy que él espeta al micrófono su petición los periódicos arrojaron más muertos que de costumbre entre sus páginas. Unos afirman que esto se derrumba, que México se apelmaza, otros afirman que tienen otras cifras. Hay quienes aseguran que el calor nos hace más bestias, perros de caza, jadeantes de muerte, una dentellada viviente en medio de la calle que brilla por el sol. Otro periódico afirma que 45 grados centígrados nos caerán sobre la espalda, y es mejor que se cuide. Que tome más agua, que se cubra del sol. Que lloverán cuchillos ardientes sobre la frente del que se atreva a vivir el México de hoy. De pronto ardidos comentarios hacen en la televisión: con soltura, con fuego en la boca. Ese es el sol de junio cuando Julio asoma la nariz. Nos hace despotricar.

Pero a él nada de eso le preocupa. Tan sólo toma el micrófono, abre la boca, respira, se siente halagado, poderoso pero también irresponsable con poca seriedad y pide una cerveza en plena cámara de diputados. Le pagamos la quincena y siendo senador. Usted un carbón en medio del México de hoy.

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