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FILOSOFIA DE CANTINA
05, Julio 2018
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Se ajustó la corbata roja color sangre. El cuello blanco de su camisa relumbró e hizo contraste con el fino traje de un color negro casi intocable. Su barba poblada y oscura, con cortes fino, delineados estéticos, lo hacían sentirse apuesto. Se miró al espejo y le sonrió. Su dentadura relampagueó y recordó un comercial de televisión sobre dentífricos que vio en su infancia. 

Una estentórea voz, a lo largo del pasillo, le indicó la hora de partir. Se peinó de nuevo y golpeo suavemente su barbilla con el puño cerrado, como un ademán de Jake LaMotta al contar un chiste. Guiñó para su conciencia. 

Recorrió el pasillo hasta llegar a la descomunal sala de su casa, con techo alto, acabados rococó y un candelabro que le regresaba su imagen a la inversa. Un pequeño palacio para sus gustos refinados, pero soportable, habitable para alguien de su clase. Floreros con rosas; olor a piel recién curtida; fragancias exóticas se mezclaban con las fotografías de sus padres, sus abuelos, sus hijos y su esposa en lo alto de las paredes que brillaban entre marcos elegantes. El orgullo lo cimbró y pudo ver, de nuevo, su fotografía con la banda tricolor que le hacía el pecho más grande. Le recordó los tres colores de su partido. El corazón le saltó como una esponja. El pecho se le ensanchó aun más. Gobernador del estado, dijo entre dientes y un ¡ufff! le brotó de la boca como soltando una presión que se le hacía ajena. 

Entre las fotografías, una resaltaba de las demás. Brillaba en sus ojos el momento, el recuerdo, la memoria: en ella saludaba al “señor presidente”, y ambos, con semblantes relajados, sonreían a la cámara que capturaba el instante para siempre. Perpetuaba lo magnánimo de la política. La coyuntura ideológica de quienes se sostienen en verde, blanco y rojo el poder. Quiso hacer mas lento el momento y afianzarse así mismo; sostenerse en la memoria como el “señor gobernador” y continuó su camino con los colores en su cabeza. 

Su séquito lo esperaba en el umbral de la puerta. La luz le iluminó la frente cuando saltó hacia los rayos del sol. Él se sintió iluminado y uno de sus asistentes jaló la manija del coche, que aguardaba en el jardín, para que subiera. El chofer encendió el motor y avanzó. Atrás quedó el jardín, el alto techo de la casa, la armoniosa fotografía de sus padres el día de su boda. El auto se perdió entre las calle. 

Él salió a robar de nuevo; a darle muerte a los periodistas que criticaban su gobierno; a mandar golpear a los manifestantes que hacían hervir las calles; a enterrar cadáveres en lo largo y ancho del estado; a llenar de sangre e injusticia las calles, sin manchar el oscuro traje Chanel que hacía brillar su camisa de cuello blanco. 
 

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