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FILOSOFIA DE CANTINA
10, Agosto 2018
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Aurelio despertó en medio de una noche congestionada de escalofríos y monstruos. El calor era una sola flama que se aferraba a su cuerpo y la fiebre empezó a mostrarle los colmillos. Una pesadilla lo había hecho saltar de la cama con espanto y se sintió desesperado en la oscuridad de su recámara. A tientas palpó la soledad en la que estaba. Nunca lo imaginó; nunca pensó que el desasosiego que lo arrojaba de la noche hasta el día lo haría sufrir. No podía entender como una pesadilla le comía las ansias, le mascullaba los huesos, le hacía sentir terrible.

Antes de encender la lámpara nocturna, recordó el sobresalto que lo había despertado y que, para esa hora, después de mil escalofríos y sudores, su almohada era una piscina. En la pesadilla se recordó en medio de la pista de un circo, donde los espectadores no dejaban de sorprenderse al verlo como un “fenómeno”. Vio entre los espectadores a Tom Norman y Joseph Merrick "El Hombre Elefante", a la Mujer barbuda, al Torso viviente, la Mujer serpiente y al Enano de los cuchillos. Y se preguntó ¿Él un fenómeno de circo y no ellos? ¿Yo un hazmerreir de la farándula, en medio de la pista de circo? El asco le llenó la boca de saliva cuando la gente, empezó a murmurarse al oído, como guardando un secreto o una risa contenida más que un asombro. También recordó que el odio le entumeció los brazos y las piernas, y a la gente la razón que le espetaban palabras difíciles de olvidar ¡Fenómeno! ¡Monstruo! ¡Bestia! ¡Esperpento! ¡Engendro!

¿Quién fue el culpable de que él fuese la comidilla del espectáculo, en un circo de locos, de personajes raros que merecían su desprecio? Él no podía ser un fenómeno; él no había nacido para ser un fenómeno.

Al recordar la tempestad, un pequeño temblor se apoderó de sus nervios, de su carne, de la flacidez de sus piernas. Temblaba. Y al encender la lámpara de luz tenue, pudo ver sus manos, que a simple vista parecían normales. Las vio de nuevo: seis dedos, en vez de cinco, en cada mano. Una parte del horror del mundo se le metió hasta el tuétano. Se le ahogó un grito para tratar de despertar.

Aurelio talló sus ojos con sus doce dedos tratando de salir del sueño, de la pesadilla. Pero la realidad le devolvió una cachetada certera. Seis dedos dejó para la historia.

Twitter @EliudVelazquez

Facebook Eliud Velázquez Barba

Correo calamarespejo@hotmail.com 

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