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FILOSOFIA DE CANTINA
Perro frente a un hueso
19, Julio 2018
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Se sintió acosado. Un débil calor se le instaló en las mejillas y pensó en los perros, que, a dentelladas, defienden la blancura de un hueso en medio de la calle de otros perros más grandes y fieros. Luego se sintió acorralado y recordó el castillo que había construido con manos ajenas, para salvaguardarse de la muchedumbre, de la escoria, de lo mundano. 

 
Se sintió temeroso. Para su mundo interior se dijo que no, que ese día no cejaría su lucha; que habría de desenvainar la espada y hacerla brillar por lo aires, blandir su filo sobre el espacio incierto y morir en medio de la pelea, como lo debe hacer alguien de su clase, a pesar del temor, del miedo que le rodeaban el cuello; defender su castillo a “capa y espada” como lo enseñó su padre. Nadie le quitaría lo que con esfuerzo, dedicación y entereza había ganado a lo largo de los años, de los días y encontró la manera de sortear el acoso y ofrecer pelea.
 
¡Pulso, corazón y sangre! Gritó antes de arremeter contra su rival y presentarse dignamente ante quien osaba arrebatarle la cordura de sus lujos, su castillo y lo más apreciado; su tranquilidad y la de su estirpe.
 
Su espada crujía al chocar con el metal del contrincante que, con espada justiciera, hacía pelea en medio de la calle, como un perro grande y fiero. 
El brillo de los metales se alzaba entre sombras de un mediodía cálido que también se instaló en las mejillas del contrincante y sudaba un miedo equiparable al del hombre frente un perro que roe un hueso encontrado en media calle.
 
Los calores, los humores del día infestado de sol le llegaron al cuello donde las venas casi le saltaban como ríos. Hoy, él, no debía morir, no podía dejar las fuerzas en la empuñadura de su espada, no debía correr la sangre. Pensó en su castillo enmarcado de luces y estrellas.
 
Fue una lucha encarnizada y decidió morir que ver pasar la vida en una monótona y triste mazmorra. Que pasar días grises entre hombres comunes; entre sudores ajenos; en convivencias inútiles. Él no fue educado para vivir una vida simple. Enaltecer el nombre de sus padres, de sus abuelos, de sus profesores no era una tarea sencilla. La espada del contrincante le arrebató el pensamiento.
 
Entonces despertó en medio de una noche donde un perro grande y fiero, a lo largo del horizonte ladraba en varios sueños y se aferraba a casi trescientos mil pesos mensuales. Ese día sudó más de la cuenta. 
 
 
Twitter @EliudVelazquez 
Facebook Eliud Velázquez Barba
Correo calamarespejo@hotmail.com 
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