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FILOSOFIA DE CANTINA
03, Mayo 2018
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De nuevo se metió la incertidumbre en su sueño. La cama se le volvió un acantilado sin respuestas. La duda fue sacando a flote los insomnios escondidos y no se enteró cuando el alba mordisqueó la mañana. Que el rayo de sol que se filtró por la ventana era el aviso del nuevo día. Una noche igual a otras, pensó: temores, pesadillas y entelequias. 

Se levantó con la boca pastosa, los ojos ardiendo y con los brazos entumecidos; con la zozobra de siempre, la de costumbre, la que se anidaba en sus sueños. Se bañó, y después de divagar, acicaló su cabello con una línea casi casi perfecta. Lo hizo brillar. Sonrió al espejo y este le devolvió una mueca. Se vistió para la ocasión. 

Encendió la radio y justo después del clic el aparato le incrustó la voz de su líder sindical en el tímpano, que, en entrevista para el noticiero matutino, declaraba para la nota del día: primero de mayo, día del trabajo. Su líder arremetió con fuerza, llenándose los pulmones de orgullo, de grandeza y dijo: “el trabajo enaltece al hombre”. 3 segundos duró la voz. Un filo de daga le cercenó los oídos. De nuevo el clic, pero ahora para apagar la radio. 

Desayunó y se dio cuenta que ir al mitin del día del trabajo le hacía sentirse a la mitad, el rostro le ardía y el alma era una esponja exprimida. Pero las palabras de su líder hacían de su sangre un torrente envenenado. Sintió el fraude en la saliva y la escupió; se le encajó la mentira entre las costillas y un dolor, un pequeño dolor se anido en su orgullo. 

¿Es verdad que el trabajo enaltece al hombre? Se preguntó, mientras cerraba el puño con una fuerza que había olvidado y que después de la frase de su líder, le recordó que estaba entre sueños. En el que noche tras noche se mezcla la incertidumbre. La duda que lo hacía refirmar la distancia de vidas entre él y la de su líder sindical. Se fue a marchar, a pedir justicia donde no existe: en la calle. 

Y por cada paso que daba, se sentía entre la oscuridad de un cuarto donde había que afianzarse a algo para no tropezar; y cada paso una consigna: inseguridad, desempleo, secuestro, injusticia, muerte, hambre, despojo, asesinatos, masacres, robos, inflación, corrupción. 

Y en cada ondear de la bandera con la estampa de su gremio, una certera lanza en el pecho se anidaba: dolor, rabia, coraje, maldad, congoja, tormento, pena y calvario. 

Se preguntó de nuevo ¿Si el trabajo engrandece al hombre, porque ellos no hacen su trabajo? Y siguió marchando. 


Twitter @EliudVelazquez 

Facebook Eliud Velázquez Barba 

Correo calamarespejo@hotmail.com 

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