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Lo llamaron por su nombre
26, Abril 2018
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Lo llamaron por su nombre. Reconoció en el aire cada una de las letras que conforman su nombre. El que sus padres, ante el agua bendita que el párroco de una iglesia olvidada dejaba caer sobre su cabeza infantil, le habían dado: José, Roberto, Luis, Francisco, daba igual. La mañana que lo bautizaron para celebrar con gran fiesta y algarabía su nombre. El que lo identificaría por el resto de su vida. Un niño, con una identidad, con un marcaje que no se podrá quitar tan fácil.

Se supo reconocido, llamado; alguien afuera de su casa gritaba su identidad. Y se le acomodó la confianza en las manos y en la piel. Tomó una camisa y cubrió su cuerpo semidesnudo y saltó a la calle donde la credulidad reinaba; cruzó la puerta de su casa. Afuera estaba su barrio, su calle, su colonia ¿Quién a estas horas le llamaba? Algún amigo, el vecino o quizá una urgencia traía su nombre en la garganta, mordido entre los dientes

Pero no supo de qué parte de la obscuridad, dos calientes balas, le quemaron el pecho, le atravesaron el corazón, le derramaron la sangre. No logró darse cuenta quién gritaba su nombre; quien alardeaba con conocerlo. No se enteró que su muerte se sumaba a la hecatombe mortal de las estadísticas, de la impunidad, del dolor, de la injusticia.

Su cuerpo, en una descomunal mancha roja, quedó tendido ante la oscuridad donde la confianza se escondía. Dejó de existir. Y el eco de su nombre retumbaba en la calle: José, Roberto, Luis, Francisco, da igual. El asesino se lo llevó entre la pólvora de sus manos.

Así de fácil es morir en este país. Basta con que alguien conozca nuestro nombre, sepa quiénes somos, donde vivimos, a que escuela asisten nuestros hijos o que deporte practicamos. Basta con tener un arma improvisada, un poco de odio en el corazón o la necesidad de dinero. Así de fácil se asesina a un hombre, a una mujer, a un niño, al desvalido o al valiente.

Así grande y carroñera es la impunidad. Cuando alguien conoce nuestro nombre es más fácil acercarnos a la muerte.

A José, Roberto, Luis, Francisco, da igual, lo llamaron por su nombre y eso bastó para afianzar que el Estado sigue ausente y que no responderá aunque lo llamamos por su nombre.

Porque se nos emperra el alma, porque nos sentimos solo, por que encontramos la muerte de la forma más fácil: porque la vida nos dio un nombre. Y nos duele, nos lacera y va terminando con una paciencia que ya perdimos desde hace algún tiempo; desde que la injusticia conoce nuestro nombre y nos llama desde afuera.


Twitter @EliudVelazquez
Facebook Eliud Velázquez Barba
Correo calamarespejo@hotmail.com
 

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