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La artimaña del elogio
10, Enero 2018
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Él tomó el micrófono, fijó la mirada en el horizonte; su garganta se desgañitaba como quién grita en medio de sordos, pero que se sabe escuchado, poderoso por encima de la multitud que lo ve en el estrado, lo escucha en los altoparlantes y lo define en las pantallas gigantes que muestran su nerviosismo al tomar su turno y emitir su mensaje. Él sería orador en aquel evento sin “tintes políticos”. Él daría las gracias por los favores conferidos a nombre de miles de rostros que desde el anonimato y sin voz se arremolinan en el lugar; atraídos y acarreados, gracias a las dádivas de un día de descanso, una mejor calificación a cargo del maestro en turno o una buena comida fuera de casa.

El evento “académico” se prestaba para el alarde e hizo que de su boca salieran un sin fin de vítores; que de su boca salieran una retahíla de palabras condecoradas. Pidió ¡Vivas y hurras! al por mayor; aplausos y agradecimientos como una andanada de elogios. No podía dejar pasar esa magnífica oportunidad: micrófono, reflectores, público indefenso, político encumbrado: ¡a la bio a la bao, a la bim bom bam! ¡Viva el señor diputado! ra ra ra. Espetó. Una gran parte del público correspondió a dicha petición. Otra simplemente guardó silencio. Otros más sentimos el orgullo herido, la dignidad ofuscada.

No podía dejar viva esa esperanza de que el político se sintiera en confianza, apapachado, condecorado por la multitud. Aunque muchos de los que ahí estábamos no solemos vanagloriar la función que por ley le corresponde a un político en turno: seguridad, salud, servicios básicos, pavimentación, obra pública entro otros más.

Con esta artimaña del elogio, él, creyó que puede perpetuar su puesto en un gabinete de gobierno o en el siguiente sexenio ¿a quién sirve el elogio? ¿qué intenciones malsanas conlleva? ¿nos creen tontos e indispuestos a coordinar nuestras neuronas para darnos cuentas de su vacío como seres humanos?

Así son y serán, a partir de este momento, todos los actos políticos disfrazados de “buena voluntad”, disfrazados de “académicos” de “solidaridad” y que la ley enmarca. Una pasarela, donde quien haga uso del micrófono, tratará de ganarse la simpatía y la empatía de los políticos que mueven los hilos.

Y me pregunto ¿A quién se le ocurre pensar que los presentes en este tipo de eventos tenemos las ganas de que manipulen nuestras ganas?  Pedir un “viva” o un “hurra”, para un político en turno es el más bajo eslabón de la dignidad que un interlocutor puede llegar a tener.

Es más, nosotros mismos como espectadores rebajamos nuestra decencia a nulidad, a cero. Nos convertimos en seres manipulados, despreciados por la consigna de unos cuantos que sin decencia nos piden que alabemos a quienes no debemos alabar. La artimaña del elogio les corroe la sangre, aunque sus eventos los parapeten de “académicos y “universitarios”.

Twitter @EliudVelazquez
Facebook Eliud Velázquez Barba
Correo calamarespejo@hotmail.com
 

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