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FILOSOFIA DE CANTINA
El rastro de la música
22, Noviembre 2017
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Alguna vez escribí, en una tarde cualquiera, en una libreta olvidada la siguiente frase: «digo música para nacer» Y lo hacía con la intención de encontrarme a mí, de reafirmar mi admiración por la música: ese cúmulo de sonidos ordenados que se lleva en las manos, en el corazón, en lo sentidos y que con el paso del tiempo se transforma en un sendero inagotable de desdichas.

La música como una gran carcajada para festejar el mundo. La música para reírnos de cada uno de nosotros y sentir que abrimos el Sol desde cualquier lado.

La música para soñar.

No recuerdo el momento justo, la estocada certera, el día preciso en que la música entró a mi vida. No recuerdo los cantos de cuna, si es que existieron; pero siempre viene a mi mente el momento en que mi padre, embriagado de alcohol y de calor, encendía la radio, sintonizaba la estación de su preferencia y la voz de Francisco Escamilla, voz principal de Los Dandy´s se escuchaba con gran soltura: «eres la gema que dios convirtiera en mujer para bien de mi vida»

Pero hay algo más intenso que recordar mi entrada al mundo de la música: no ser músico.

Esa es una pregunta que me ha calado hasta los huesos ¿Por qué no sé ejecutar un instrumento o tengo una voz privilegiada? Hace un instante relaté que escribí algo para vanagloriar que amo la música, años después escribí mi declaratoria al culpable de tal aberración. Una tarde más lenta escribí un poema sobre esta situación: amar la música y no ser músico. Desdicha para un hombre que vive, come, sueña, siente y se convierte en llama que arde febrilmente ante la música.

La culpa está mi sangre, no saber de música me atormenta, me cala con su hondura
en la sensata disputa de mis soles. Es cómo lluvia tajante sobre el tejado ¿Por qué a mí, a mi boca, a mis brazos? ¿No pudo llegar en otro cuerpo sin aliento?

Estoy condenado a regalar migajas.

Dios me ha regalado una fruta podrida, una hoja sin versos, una sonata sin fuerzas.

Sopeso palabras hacia dentro: no poder ser músico es la inmolación de mi cuerpo.

Qué grande es la desdicha de los que no somos músicos. Hoy, en el día de la música, despojémosle de esa aurora de santidad falsa. La música está ahí antes que los mismos dioses. La música es primigenia; es el primer latido del mundo; es el primer recorrido de la sangre por las venas de una ciudad; es la creación misma.

Que viva la música más allá de lo que nuestros propios oídos puedan escuchar.


Twitter @EliudVelazquez
Facebook Eliud Velázquez Barba
Correo calamarespejo@hotmail.com

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