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Espionaje y periodistas
22, Junio 2017
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Desde cualquier ángulo, la acción del gobierno de espiar a sus adversarios políticos, luchadores sociales, activistas, defensores de los derechos humanos o a los comunicadores incómodos, resulta reprobable. Una verdadera bestialidad, indigna de cualquier Estado que pretenda alcanzar el calificativo de democrático y legal.

Igual, que lo hagan los empresarios, partidos políticos o cualquier particular que tenga la capacidad financiera para hacerlo.

El reportaje publicado por el diario estadounidense The New York Times esta semana solo confirma lo que los periodistas mexicanos sabemos desde hace muchos años, que si bien no alcanza a ser primicia, sí permite conocer algunos nombres de periodistas espiados, la sofisticada tecnología para hacerlo y el costo que ésta puede alcanzar. Nunca tan brutal como hoy.

Todo es grave, pero veámoslo desde su impacto en el periodismo. Esas prácticas ilegales que hoy los medios y muchos comunicadores criticamos y reprobamos, son las mismas mediante las cuales se han hecho grabaciones de audios y videos que hemos recibido por décadas de manos anónimas, y divulgado sin mucha rigurosidad ética y moral.

La gran mayoría de los grandes escándalos mediáticos de los últimos años en nuestro país han sido producto de filtraciones de ese tipo de materiales, obtenidos al margen de la ley por los gobiernos, los partidos políticos, empresarios o particulares. Entonces, los comunicadores conocíamos que sí se realizan esas prácticas, porque hemos recibido parte de lo que con ellas han obtenido, divulgándolo con frecuencia sin dar tanta relevancia a la ilegalidad de las mismas.

Las exclusivas dejaron de ser producto de acuciosas investigaciones, de hurgar en los espacios de poder para encontrar secretos y publicarlos a fin de exponer las corruptelas y excesos de la clase política, que lo sigue haciendo pese a todo, porque su preocupación no es evitarlas, sino esconderlas para que no se conozcan.

¿Hemos hecho lo correcto los medios y periodistas en recibir y difundir esos materiales evidentemente obtenidos mediante el espionaje? Aunque no hay mucha claridad ética en hacerlo, porque si bien se trata de información obtenida mediante la violación de derechos fundamentales a la privacidad y a la intimidad, y para lograrla alguien cometió un delito, creo que es válido porque su contenido es de incuestionable interés público.

El caso es que hay cada vez más por ahí circulando audios y videos de una clase política que escandaliza, y eso es producto de su desparpajada y cínica actuación al margen de la ley, de la ética y de la moral, que así procede a escondidas, en la clandestinidad, menospreciando la decencia y los auténticos intereses de la sociedad.

Los periodistas conocemos de tales prácticas, que no son, de ninguna manera, una revelación del diario estadounidense, pero ello no implica que las avalemos, aunque sabemos que también podemos ser en cualquier momento víctimas de las mismas.

Tampoco el problema está en que las publiquemos o no. El caso es que suceden en un país que nos quieren presentar diferente.

Pero no, no se debe espiar a los mensajeros. Sólo somos eso, no protagonistas de la descomposición y de los excesos. Por eso debemos condenar el espionaje a medios, periodistas, activistas y defensores de los derechos humanos, cualquiera que sea el motivo.

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