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FILOSOFIA DE CANTINA
14, Junio 2017
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Hace días lo encontré de nuevo en mi stand de libros. Estaba lleno de polvo, como deben estar los libros que reafirman el futuro. No salió de mi lista por que el día que lo leí por primera ocasión se incendió un prado en mi memoria. Un tic tac de infinito sonoro.

Me adentré una vez más en sus ecos; y hoy decidí reseñarlo, mostrarlo para que alguien más me acompañe como lector de un libro poco conocido pero muy vibrante. Porque si algo me agrada son los sonidos que nos conmueven: Cutis patrio, del poeta uruguayo Eduardo Espina, publicado en el 2004 por Editorial Aldus.

El trabajo de Espina resuelve las dudas de lo que puede ser sonar en lo alto como un tambor; y me refiero al juego de palabras que van desde la búsqueda de ritmo y sonoridad; desde el eco que se manifiesta en cada verso; del sonido que se planta frente a la ventana. Así suena uno de sus poemas:

El rumor a helar los rabos a lo largo

del lugar, ánimas de mutua cantidad

anteriores a cada huella que tendría,

(la vida tan dentro, la visión sabida)

De la poesía de Espina, Enrique Mallen, crítico de su obra, dice: “El poeta tiene el papel del vidente pues apunta a una realidad con / figurativa más profunda que la comúnmente aceptada: la sabiduría de lo oculto”. Y un sonido siempre es oculto antes de manifestarse. Porque no se puede ver hasta que se anida en los tímpanos.

Leer Cutis Patrio, de Eduardo Espina, es para buscar los ritmos que la vida nos ha robado, la música que alguna vez ha imaginado y no ha podido interpretar:

Entre tanto el árbol del tabú osó soltar

 azores por las montañas nunca únicas.

Lo invito disfrutar de un mar incontenible de imágenes y transfiguraciones, un mar de zargazos, olas interminables, sonidos desde lo más profundo de la noche. Prepárese a escuchar la sombra del eco resbalándose por una vereda llena de sueños y parajes conocidos pero nunca vistos, prepárese a disfrutar versos llenos de cadencia y paciencia.

Según el maestro del paisaje sonoro, Murray Schafer, el primer maestro de la radio fue dios en un complemento de sonoridad, divinidad y ordenamiento de sus reglas y placeres. En un instante Dios se convierte en un ordenador de imágenes y señales determinadas. A mi parecer Eduardo Espina aplica la sonoridad y los ordenamientos de su palabra para crear paisajes llenos de sonidos. No es Dios, por cierto.

La poesía de Eduardo Espina es un laberinto del cual existe una salida, sólo hay que buscar al minotauro de las palabras. Desde lo entrañable de este libro titulado Cutis Patrio se puede ver una palabra definida en su desarrollo y ella es: oficio.

abisinios por la cripta del ojo a dejar

además del modo resplandeciente

de la anguila hacia la isla del comienzo:

todo dividido en la gradiva por durar.

 

Twitter @EliudVelazquez

FacebookEliud Velázquez Barba

Correo [email protected]

 

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