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16, Mayo 2017
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Yo me pregunto por qué muchos futbolistas no fueron boxeadores y actores. En ambas profesiones habrían alcanzado fama, gloria y fortuna, y no habrían tenido que pasar por academias ni tampoco por centros de desarrollo, porque sus cualidades son natas, puras e insuperables.


Qué facilidad tienen para realizar escenas dramáticas sin necesidad de un doble. Son naturales. ¿Y de su pegada qué me dicen? Son la envidia de los mejores pugilistas del mundo, sobre todo de aquellos cuya carrera se distinguió por el gran punch para noquear adversarios.
 
El boxeador castiga y castiga, va lacerando y disminuyendo al adversario conforme corren los minutos. El nocaut se produce por un impactante golpe bien conectado, aprovechando la fragilidad en que el oponente ha quedado después de recibir suficiente y a veces innecesario castigo.
 
Pero la “pegada” del futbolista es fenomenal. Sobra y basta con tocarle la cara al rival para que este caiga como fulminado por un rayo exigiendo de inmediato las asistencias médicas. No hay mucho que aplicar: un poco de agua y unas palabras mágicas; “levántate, ya lo amonestaron (o en su caso expulsión).
 
Un pugilista tiene recuperación retardada. El efecto del golpe se mantiene dentro de su cuerpo durante varios minutos, a veces días. El futbolista caído se levanta como si nada hubiese pasado, y está listo para otra acción dramática.
 
Cualesquier falta es magnificada, por muy simple que haya sido. Se trata de impresionar al silbante y hacerlo caer en el garlito.
 
El boxeador no finge su dolor. Se levanta y continúa en la lucha. Pega y trata de recibir lo menos posible, de eso se trata el duelo. Nadie baja del cuadrilátero para ir directo a una fiesta, a menos que haya sido una batalla desigual y arreglada, porque ambos puntos abundan.
 
Y aunque el beisbol no es de contacto físico, los golpes suelen resultar muy comunes: un lanzamiento descontrolado, una barrida o un rodado mal fildeado. Pero nada de eso los detiene. Se levantan y continúan en la brega, son gajes del oficio.
 
Muchos de ustedes habrán visto escenas en el balompié que dan risa. Y si me lo permiten, citaría dos muy recientes como claro ejemplo; aquel contacto leve de Aldo de Nigris hacia el portero de Tigres el miércoles pasado, cuando este último cayó al césped como si hubiese sido tocado por un derechazo de Julio César Chávez padre o Manny Pacquiao, que terminó en expulsión para el delantero de los Rayados, y el topetazo de Amaury Escoto el sábado sobre el arquero de Dorados que mandó al delantero de Lobos a las regaderas.
 
La justicia divina arropó al hombre que tiene en ventaja a la BUAP en esta lucha por el ascenso, pues la Comisión Disciplinaria determinó que el contacto no tenía la fuerza como para que a Gaspar Servio le hubieran aplicado la cuenta de protección.
 
Los engaños hacia el silbante crecen en grandes proporciones y ya es hora que la Federación Mexicana de Futbol opte por aplicar sanciones a quienes fingen, de la misma manera como se actúa contra aquel elemento que simula una falta dentro del área grande buscando el beneficio de un penalti para su equipo.
 
Pero pensándolo bien, qué bueno que los futbolistas no se inclinaron por el boxeo o el beisbol. Muchos de ellos ya no existieran o sus carreras habrían sido muy cortas. 
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