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FILOSOFIA DE CANTINA
03, Mayo 2017
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Ella tocó la puerta de mi casa débilmente y sus manos parecían de plástico, su rostro se veía cansado y su cuerpo nos decía que no estaba ahí, que estaba mermado por las doce del mediodía y todo el calor del pavimento entrándole por los pies.

Abrí la puerta con cautela y sus dos pequeños ojos me miraron desconsolados. Buenas tardes­ ­-me dijo con una voz fuera de lugar. Gotas de sudor le perlaban la frente. En su pecho pude ver una identificación de la Secretaría de salud. Estamos en la campaña contra el dengue y necesito pasar a su patio para poder verificar si tiene piletas con agua estancada y poder dejarle algunos sistemas de control (polvos) contra el mosco que prolifera la enfermedad –me informó. Yo le dije que no podía dejarla entrar porque no tenía las llaves de la puerta trasera de la casa (también la desconfianza me había tocado el hombro); ese día mi esposa se había llevado las mías por error  y le pedí que me entregara los sistemas de control, ya que es algo tan usual y conocido para alguien que vive en un lugar donde nos bombardean con campañas antidengue. Ella me dijo que no de manera categórica; que no podía dejarme ninguna cura contra el dengue ya que su supervisor les “pedía” entrar a los hogares para conformar la existencia de las piletas de agua si no, no podían entregar el producto. Su supervisor era una especie de carcelero en plena calle.

¿Es esto cierto? le pregunté. Afirmó con la cabeza en una constante duda. ¿Tienes que entrar a mi casa para poder realizar tu trabajo? Mi mente se nubló de interrogantes con referencia a la seguridad de las personas ¿De quién es este grandioso experimento dentro de la Secretaría de Salud? ¿Mujeres indefensas entrando a hogares desconocidos? ¿Como ciudadano hasta dónde estoy comprometido con la salud de mi entorno, pero también con la seguridad de mi casa? ¿Puedo dejar pasar a desconocidos al lugar más sagrado que un hombre o una mujer puede tener?: la protección e intimidad de mi hogar ¿Soy un desobligado social por no contribuir a cumplimento de una orden de gran envergadura como es la salud social? ¿Era yo, en ese instante, un blanco fácil de una red de ladrones domiciliarios aunque su gafete institucional decía otra cosa? Por otra parte también me pregunté ¿ella tenía la suficiente confianza para pasar a un hogar donde un desconocido la puede acechar sin protección alguna? ¿Cuántas personas han encontrado la desgracia en cuanto se abre una puerta? Ella terminó su inspección y yo sembré la duda en su mente. Se marchó a prisa.

 

Twitter @EliudVelazquez

FacebookEliud Velázquez Barba

Correo calamarespejo@hotmail.com

 

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