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Los muros cercanos
17, Noviembre 2016
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A raíz de los comicios electorales en el país del norte: nuestro vecino incómodo, la palabra muro empieza a tener una dimensión imaginada; debo confesar que no, no me da miedo un muro, por alto y cobarde que este sea: los muros siempre serán cercanos. Como frescura, como aliento, como incertidumbre están ahí, acechando. Los muros siempre estarán rodeándonos, cerca, muy cerca hasta casi asfixiarnos porque son tan nuestros que vivimos con ellos aunque no nos demos cuenta, o por lo menos porque disimulamos que están ahí vigilándonos con el rostro adusto; porque un muro puede tener la forma de una piedra, de una cerca, de un pensamiento, una mirada, una condición o quizá de estructura que divida su calle de la siguiente donde usted, si usted, no es bienvenidos por no tener una tez blanca, una vestimenta adecuada.

Debo plantear desde mi perspectiva personal, que no hay condición más penosa que el clasismo. Esa membrana delgada del susto, ese muro pequeño que no aparece en las elecciones o en la televisión en su forma original. Esta condición dada sin ser pedida del miedo que es ser o pertenecer a una clase social; estructurada y confeccionada para ser eso: una clase. Como una etiqueta que nos marca el rumbo y los destinos o como el hierro candente que marca las pieles de los cerdos o vacas para identificar que tienen un dueño mientras muge o chillan de dolor.

Eso es el clasismo: una nueva forma de esclavizar las libertades de quienes no tiene o no pueden entrar en los círculos concéntricos de las personas de "bien". ¿Realmente nos asusta un muro que (se supone, según el virtual presidente de Estados Unidos de Norteamérica) dividirá nuestro país del suyo, o por lo menos en el que vive?

Un país que se asusta con un muro irrisorio y que no puede superar la incertidumbre hacia sus adentros no puede llamarse país. Desgraciadamente esto es México: una llamarada de incertidumbres, de miedos, de cobardías en conglomerado. ¿Realmente nos preocupa un muro que divida lo que nunca se ha unido? El lobo mismo del hombre que proponían los grandes pensadores

Donald Trump no representa la maldad, en realidad, es el círculo de la vida; un círculo que regresa a su punto de iniciación y que demuestra que todo es cíclico y que nunca se fue la esencia del hombre-verdugo

La xenofobia, el clasismo, el racismo, la sordidez parecieran estar de nuevo ronroneándonos las orejas. Nos hemos asustado con los comentarios desmedidos de un tipo que no representa más de lo que es: nada. No hagamos largo el viaje. Sobra mirar a nuestros alrededores para constatar que el clasismo es una constante: bardas que dividen un pueblo dentro del pueblo; residenciales exclusivo para gente "exclusiva" que sólo puede acaparar las portadas de los periódicos en las secciones de sociales.

No basta con confesarnos acérrimos rivales de los "muros", la calle de su colonia pronto será cerrada para darle paso a la podredumbre de ser de "bien".

Twitter @EliudVelazquez
Facebook Eliud Velázquez Barba
Correo [email protected]

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